Ivory

Poso la mirada en el cuadro aterciopelado que baña mis ojos con lágrimas. Rozo el pulgar con el rostro del individuo y siento como éste cierra sus párpados para suspirar contra mi piel. Me ha robado más de un gemido, debo reconocerlo. Soy tan vulnerable cuando se trata de ti. Haces que quiera zarandear la pintura hasta ver tu cuerpo flotar en el aire, junto a todas esas fresias que adornaban tu bohemio cabello color cobre.

Repudiabas tu nombre al igual que preferías lo neutro. Por eso, tras una noche áspera bajo la atenta mirada de los robles, decidí darle una pincelada de color. «¿Es acaso Ivory lo suficientemente claro como lo es tu alma?» te pregunté al día siguiente cuando vi como corrías hacia mí con aquél vestido de seda semitransparente. No sabes las ganas que tuve de arrancártelo con los dientes; tu piel resplandeciente me pedía a gritos que la besuqueara y llenara de aliento. «Nunca llegarás a encontrar el tono perfecto. Pero ese mismo me sirve, es delicado y me acoge con tan solo echarle un vistazo» respondiste para luego dejar ver todas esas arruguitas que se formaban en la raíz de tu nariz. Éstas eran bastante tímidas y solo salían cuando tú te permitías el lujo de reír.

Sonrío al recordar cada otoño que pasé junto a ti. Me gustaba ver como ibas creciendo solo cuando tu estación del año preferida se hacia presente; te desnudabas frente a los robles y hacías que tus arruguitas brotaran hasta acunar las mías. Decías «¿No es bonito ver como se desvelan poco a poco y escuchar el susurro de cada secreto guardado bajo la corteza?» y yo siempre rebatía esa pregunta citando cada una de las razones por las que caí rendida bajo tu encanto. Era obvio que te prefería antes que al árbol.

Tú olías a Ivory, a frescor y transparencia. Y yo trataba de rodearte con mis brazos para que nadie más tuviese el placer de echarle un vistazo a tu interior. No sabes lo mal que lo pasé cuando los celos devoraron mis entrañas. Vi como Red recorría tu cuerpo con tan solo una mirada, te devoraba y relamía sus labios. De él aparece ante mí una imagen tenue del riachuelo color rojo que se había formado desde su nariz hasta su cuello pasando por la barbilla. Ese día comenzaste a llamarme Índigo. No pregunté a qué se debía aquél color, pero supuse que mi alma oscura y fría había llegado a lo más profundo de tus ojos. Sonreí para mis adentros alimentando el color que me habías otorgado.

Gracias a la pintura que creé con tu rostro, escribo esto para poder revivir a Ivory, la persona a la que he estado amarrada durante toda mi adolescencia. Me es difícil olvidar todas las tardes en las que compartías tu té con leche conmigo de una manera un tanto peculiar; yo reía al ver como se había creado un bigotillo por encima de tu labio superior y con lentitud besaba aquella parte así gozando de mis dos sabores preferidos. Imposible borrar de mi memoria los días nublados en la biblioteca donde leíamos a Van Gogh y Monet, o los soleados cuando salíamos al jardín y representábamos El Principito; tú de rosa bajo aquél caparazón y yo del niño que te cuidaba y observaba hasta quedar dormido.

De una manera u otra resumiría todo esto con aquella palabra que solías susurrar antes de irte a dormir y desaparecer de mi vista: arte.

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