Semillas

“Las semillas son invisibles; duermen en el secreto de la tierra, hasta que un buen día una de ellas tiene la fantasía de despertarse” —El Principito.

Y la recuerdo perfectamente, ella tan bonita y somnolienta. Se acababa de despertar y aún así sus ojitos rasgados pedían a gritos dormir por una eternidad.

No sé yo si fueron sus ganas de caer rendida bajo el manto de la tierra o mi corazón que latía con fuerza cada vez que ella caminaba a paso lento hasta desplomarse a mi lado para después dormir como un bebé. El caso es que seguía siendo invisible, y yo aquello, lo agradecía mucho. Agradecía que aún fuese una pequeña semilla confusa que no había llegado a encontrar la fantasía de despertarse, salir al exterior y comerse la realidad con un buen puñado de patatas.

Pero como sucede con los humanos, las semillas también crecen y se hacen mayores con el paso del tiempo.

Ahora mismo estás aquí, conmigo. Colocas tus pies dentro de tus delicados zapatos y, al terminar de dar una lazada, te incorporas dedicándome una espléndida sonrisa. Sé que es la hora, no hace falta que lo digas, tus ojitos te delatan. Tendré que dormir yo todas las horas que no pudiste hacerlo tú y recordarte confusa como siempre lo has sido.

Ahora ve y guárdate el mundo en la panza. Y si no es mucho pedir, guárdame a mí también.

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