Mermelada de Lupin

“Probé aquella mermelada un par de veces y nunca había explotado en mi boca con tanta suavidad, resbalando lentamente por la comisura de mis labios, dejando huella. Un sabor agridulce que nunca olvidaré”.

Despertó en otoño, cuando el viento acarició sus rosadas mejillas. A lo lejos las hojas caían de los árboles y al llegar al suelo se alzaban junto al vuelo de su faldilla. Siempre le gustó la luz del día, sentir el Sol bajo su piel y dejar impregnado el olor de Orgullo y Prejuicio en su pecho.

Tras varios pasos acabó frente a mí, en aquella cafetería de poca montas a la que asistíamos frecuentemente. Yo acariciaba mi cuaderno de dibujo con el viejo lápiz que mantengo desde que era pequeña. Alzó su mirada y me dedicó una sonrisa, una tan grande que se convirtió en mi estro. Antes de que articulara palabra alguna supe de qué me hablaría, solo hacía falta descifrar aquella mancha de café en sus ojos y tomarse el tiempo en oler su lencería. De fondo alguien tocaba Una Mattina en el gran piano de cola que adornaba el local, y sus discursos, que duraban un amanecer completo, se mezclaron con la partitura erizando mi piel.

Un día me habló de Lupin, uno de sus tantos amores. Me contó que la vio en mitad del jardín de su abuela, allí se alzaba junto a sus elegantes hojas y sus florecillas bañadas en un tono violáceo. La muy querida derramaba respeto y no pude evitar envidiarle. Ella consiguió ser el habla de mi musa por mucho tiempo, incluso llegué a dibujarla de mil maneras distintas. Al día siguiente un potecito de mermelada apareció en la entrada de casa. De su cuello colgaba una cuerda y, de ésta, una etiqueta con mi nombre. No supe de qué sabor era hasta que metí un dedo en la confitura y me lo llevé a la boca.

“Lo siento, pero no me gustó” le dije cuando volví a verla una mañana de mayo. De nuevo nos encontrábamos en la cafetería, ella me miraba con esos ojitos llenos de café recién hecho y yo depositaba mi cuaderno sobre la mesa. “Tranquila, más adelante comenzará a dejar huella” respondió sonriendo. Y temí. Temí porque aquella sonrisa ya no era la misma de antes, no era mi estro. Se me oprimieron las cuerdas vocales y la voz quedó atrapada en mi interior.

Al llegar el verano mi dedo se había hundido dentro de aquél potecito cinco veces más desde la última vez. El sabor seguía disgustándome y me había negado a ver a mi musa hasta que la mermelada dejase huella en mi interior. Así que volví a intentarlo, introduje el dedo nuevamente y antes de poder saborearlo el repiqueteo de sus nudillos contra la puerta me hizo sobresaltar. Rápidamente me llevé el dedo a la boca y, de la nada, me quedé congelada; Lupin explotó con tanta suavidad que tuve que relamer mis labios al terminar de saborearla. Cuando mi cuerpo decidió salir de aquella especie de trance, mi musa había desaparecido dejando en la alfombrilla una nota como despedida:

“Recuerda que solo es un pequeño instante en el que suelto tu mano y me alejo de ti para poder ser persona y dejar de soñar”.

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